El consumo de bebidas energizantes sigue en aumento en Argentina, especialmente entre adolescentes, y genera preocupación en el ámbito médico por el crecimiento de efectos adversos. Según datos del sector, el país consume alrededor de 125 millones de latas al año, con un mercado que mueve más de 500 millones de dólares.
El crecimiento se da en un contexto donde el acceso es amplio y la regulación limitada. Aunque existen normas sobre el contenido de cafeína, no hay un control efectivo sobre la venta a menores, lo que facilita su consumo en edades cada vez más tempranas.
Especialistas advierten que el principal riesgo está en la alta concentración de cafeína. Una lata puede contener niveles que, combinados con azúcar y otros estimulantes, generan efectos como ansiedad, insomnio, taquicardia y problemas gastrointestinales.
En los casos más graves, investigaciones recientes identificaron complicaciones cardíacas, neurológicas y renales. Entre ellas se mencionan arritmias, convulsiones y lesiones orgánicas, especialmente cuando el consumo es elevado o se combina con otras sustancias.
El fenómeno se potencia por los hábitos de consumo. Es frecuente que los jóvenes ingieran varias latas en una misma noche o las mezclen con alcohol, lo que dificulta percibir los niveles reales de intoxicación y aumenta los riesgos.
A diferencia de otros países, donde existen restricciones específicas para menores, en Argentina la venta sigue siendo libre. Esto, sumado al marketing dirigido al público joven, consolida un escenario donde el consumo crece sin un control uniforme.
Desde el ámbito médico señalan que el inicio suele darse a los 11 o 12 años, muchas veces con aval familiar. En ese contexto, remarcan la necesidad de mayor información, controles efectivos y espacios de prevención para reducir los riesgos asociados.