En los pueblos, las historias se transmiten de generación en generación, de asado en asado, de picadita en picadita. Muchas de ellas no sabemos si son ciertas, aunque nos gusta pensar que lo son. De hecho, en algún que otro pueblo se pueden escuchar los mismos relatos cambiando los actores. Eso es lo lindo, preservar lo nuestro.
Damos la “vuelta al perro los domingos”, observamos mil veces los viejos y emblemáticos edificios, la Muni, la estación del tren, el Banco Pcia. La plaza es “nuestra plaza”, ya lo dice la canción de León Giecco, en ningún lado lucen mejor los zapatos que en la plaza de los pueblos.
Y en Rojas nos pasó algo más, un día incorporamos dos íconos tan caros a los sentimientos de la argentinidad: Larguirucho y Mafalda. Son parte de nuestras vidas, están en las fotos de las redes sociales, maravillas de vivir el mundo tecnológico amalgamado con la historia.
Ahí están contorneando inevitables e indiscutibles del paisaje. Cuántos niños preguntarán quiénes son y tal vez obliguen a los padres a comprar los libros de Mafalda y que se metan en esa sana y fantástica literatura?
Que buena idea de algunos para regocijo de muchos. Hay cosas que quedan para siempre y contagian. Un día parecían que solo iban a ser un adorno más de una plaza, hoy resultan parte de nuestra geografía, tan nuestros, tan queridos, TAN ROJAS.