Nina León trabajó en peluquerías, call centers y en un periódico, pero decidió dedicarse al trabajo sexual autónomo. Atiende a personas con discapacidad, hace “sexo literario” y presenta su primer libro, “Puta poeta”.
Primero fue por necesidad económica, después porque podía ser su propia jefa y, sobre todo, por Cuba, su hija de cuatro años.
“Yo no quería pasar 12 horas afuera de mi casa y tener que pagarle a una niñera que la conozca más a Cuba que yo. También había una búsqueda intensa en torno a lo sexual que ya traía en la escritura. Me genera mucha plenitud descubrirme desde la sexualidad y no sólo aliviarme a mí el alma, sino sentir que hago cosas para aliviar a un montón de personas que aparecen en mi vida, no solo en el trabajo sexual. Lo que voy conociendo mediante mi trabajo me da herramientas para poder hablarlas después con mis amigas, para abordarlas en el plano de la militancia. Tengo clientes fijos que me contratan más por psicóloga que por puta y eso me trae muchísima información” cuenta Nina en una entrevista al medio Infobae.
Natalia Canteros tenía entonces 30 años y hacía diez que había llegado a Buenos Aires desde Formosa, la provincia en la que nació. Hija de una docente y un empleado público, la menor de tres hermanos, un abogado y una licenciada en Sistemas, antes de recibirse de periodista deportiva y trabajar en el diario Olé, lo hizo en salones de belleza –pies, manos, peluquería- y en decenas de call centers. Al mismo tiempo, militaba y ayudaba en las villas 31, en la Rodrigo Bueno y en la 21-24.
Natalia tuvo su nombre clandestino antes de ser prostituta. Una noche de febrero de 2017, meses antes de su primer cliente, se transformó en Nina León.
Para un sector del feminismo la prostitución es explotación y no puede considerarse un trabajo. Para Nina junto a sus compañeras de AMMAR (Asociación de Mujeres Meretrices de Argentina), sí lo es y luchan para que sea reconocido. Ellas insisten con no confundir a la trata de personas, el proxenetismo o la prostitución infantil con el trabajo sexual que una persona mayor de 18 años decidió ejercer.
Sin acceso a aportes jubilatorios ni derechos laborales, desde AMMAR pelean por un doble sinceramiento: el fiscal, que les permita facturar por su trabajo, y el de la sociedad.
“No queremos estar categorizadas como tarotistas, peluqueras, masajistas. No queremos seguir mintiendo porque eso es avalar un discurso de una sociedad que mientras contrata nuestros servicios nos esconde debajo de la alfombrita como basura. Ni siquiera todos los clientes se quieren reconocer como clientes, menos los hombres, porque automáticamente la sociedad los apunta putañeros. Y sí, es putañero, pero aguante porque nos está dando de comer”.
Recién a los seis meses Nina le contó a su mamá la verdad. Hasta ese momento, ella creía que daba talleres de escritura en un sindicato. Con su papá no habló, pero cree que sabe. Cuenta que sus hermanos lo aceptaron. A su vez, el papá de Cuba lo sabe, así como las madres del jardín al que asiste su hija.
“En los papeles que completé puse: trabajadora sexual/escritora” reconoce Natalia.
“Mis clientes son laburantes y mis clientas también. En un contexto macrista contratar servicios sexuales es una cuestión de lujo, porque no es el morfi, no es el alquiler. No me manejo en ambientes como Puerto Madero porque no sé hacerlo. Tengo un prejuicio también. Me divierten más los trabajadores” dice y ríe.
Nina escribe así:
Soy el fruto
que rompió cadenas.
La rebeldía erótica
que mi madre nunca
hubiera querido parir.
El pánico de mi hermana
ante su putez.
Mi padre
y mi hermano
jamás podrán contratar
mi placer.
Soy mi mutación
cuantas veces desee.
La historia
de mis propios labios.
Nina León.
Nací masturbándome
con la izquierda
mientras escribía con la derecha
lo que repetía mi cuerpo mojado:
escuchate,
escuchate.