La increíble historia de los millennials cordobeses que reinventaron el abanico y tuvieron un boom en la pandemia

Massimo Capello y Evelyn Morales le pusieron onda a un accesorio antiquísimo, pensando en el uso de los jóvenes en lugares cerrados; la crisis sanitaria cerró ese mercado, pero abrió otros y amplió el interés local y fuera del país.

En 2019, Evelyn Morales, joven psicóloga gestáltica, convenció a Massimo Capello, su pareja, estudiante de abogacía, de producir abanicos con belleza y estilo, no los de plástico y poca onda que había visto en una fiesta electrónica en la capital cordobesa.

En agosto de 2019 comenzaron a producir abanicos, primero de madera balsa, luego de madera aglomerada de 3 milímetros de espesor, pulida hasta los 2 mm, más resistente y mejor para el color, contó Massimo. Él hacía el armazón, ponía el remache, y Evelyn pegaba la tela.

Los primeros diseños los bajaron de internet, luego Evelyn empezó a hacer sus propios diseños. En el primer showroom presentaron 30 abanicos. Casi se los arrancaron de las manos. “Alquilamos un local en Nueva Córdoba, barrio céntrico de la capital mediterránea, y sin siquiera poner un cartel y antes de abrir teníamos jóvenes haciendo cola para comprarlos”, recuerda Massimo.

Registraron su modelo industrial, Norte Abanicos, que resumen en un logo de 3 letras, NRT, contrataron una ilustradora y diseñadora y llegaron a ser 6 personas haciendo todo el proceso, diseño gráfico e industrial, modistas, costureras, control de calidad y administración y logística. Hoy cuentan con más de 70 vendedores en todas las provincias del país y ya tuvieron tanteos para exportar, enviaron muestras a Playa del Cármen y recibieron pedidos de Colombia y Paraguay.

Destaca Massimo que en promedio en 2020 produjeron y vendieron unos 1.000 abanicos por mes, aunque este verano llegaron a fabricar y entregar 2.000 unidades, y sumar una facturación de $2,8 millones, pero un cuarto de ese total ($700.000) solo en diciembre.

El mercado en mente era: jóvenes, bailes, fiestas, lugares cerrados. Pero la demanda explotó con la pandemia, cuando esa ventana se cerró. El fenómeno tiene que ver con la prohibición del uso de aire acondicionado y tal vez con la búsqueda de belleza en un tiempo ingrato.

“Vendimos mucho a bares, restaurantes, lugares donde la gente permanece un rato largo; como los abanicos no son descartables, compran 25, 30 ó 50 abanicos, se los van dando a los clientes y luego los limpian”, explica Massimo.

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