La “gordofobia” es el nombre que recibe un fenómeno que afecta profundamente a nuestra sociedad. Más allá de las fronteras socioeconómicas, las franjas etarias o las diferencias raciales; podríamos afirmar, casi con seguridad, que en todos los estratos se humilla, invisibiliza, maltrata, ridiculiza y se excluye a aquellos cuerpos que no cumplen con las demandas del canon hegemónico.
La “belleza” en occidente se rige por las reglas marcadas por el capitalismo. En la Argentina, como en la mayoría de los países, se naturalizan narrativas que determinan qué cuerpos están habilitados a vivir en sociedad. La industria cultural: las películas, los dibujos animados, la publicidad, los medios de comunicación en general; legitiman, constantemente, estos cuerpos “vivibles”: las corporalidades blancas-flacas-rubias-ojos celetes.
Mientras tanto, todo lo que queda por fuera de estos límites es discriminado. En nuestra sociedad, las personas gordas son oprimidas, se las obliga a sentir vergüenza de sus propios físicos. Por supuesto, esto no es un problema personal, o de personas malas que buscan herir subjetividades. Estamos hablando de un problema político, arraigado en base de nuestra cultura.
¿Cómo puede afectar esto a los millennials y centennials? La sobreexposición a cuerpos hegemónicos en las redes sociales, la multiplicidad de dietas, tratamientos mágicos, son todos discursos gordofóbicos circulando en el cotidiano. El único resultado que este cóctel puede tener es dinamitar la seguridad en uno mismo, destruir el amor propio por lo que uno ve reflejado en el espejo.
De esta manera, aquellos que sufren la discriminación, los que no entran en los cuerpos hegemónicos, que vale destacar son más del 70% de la población argentina, terminan habitando sus propias corporalidades con sufrimiento. El desprecio del otro, se convierte en el desprecio de uno mismo por su propia apariencia.
Cada vez que un chico “tiene que ir al arco porque no puede correr”, una chica tiene que comprar un talle más porque las marcas no respetan los verdaderos tamaños del público al que apuntan. O viceversa, la niña puede ir al arco y el niño debe cambiar una prenda de ropa. En todas esas experiencias hay gordofobia.
Cuando el “gordito” tiene que ser el chistoso, el ridículo o el torpe. Cuando en las publicidades y películas los protagonistas tienen abdominales marcados y las mujeres senos y traseros gigantes, pero con cinturas diminutas. Esas representaciones se escudan en la hegemonía dominante.
Cuando se cobijan en una medicina arcaica, ciertos discursos lo único que producen son padecimientos psicológicos sobre las víctimas: depresión, agorafobia, obesidad, anorexia, bulimia, son el resultado de muchas discriminaciones que gobiernan las corporalidades.
Imagínense lo que esto puede lograr en una edad temprana, cuando niñas y niños se encuentran construyendo su propia subjetividad y seguridad en sí mismos.
Es importante lograr un cambio estructural en nuestra sociedad. Derribar los estereotipos que ponderan ciertos cuerpos y ridiculizan otros. Hay que lograr fomentar el amor propio, pero esto no es fácil si debe hacerlo uno solo, porque como dicen: “Es difícil ver belleza donde todo el mundo dice que hay fealdad”.
Se debe romper con los cánones de la belleza y la delgadez. Pero, sobre todo, debemos enseñar a los jóvenes, y enseñarnos a nosotros, a destruir con los discursos que destrozan subjetividades. Nadie puede hablar u opinar del cuerpo de otra persona. Es primordial el amor propio, como el respeto hacia los demás, cada uno es libre de entrenar el tiempo que quiera, comer lo que quiera, hacer lo que quiera, siempre y cuando se promueva la felicidad.
Ser gordo no es un insulto.