Abrirse al mundo sin una estrategia puede abaratar productos, pero también vacía fábricas, debilita el empleo y deja al país sin herramientas para crecer.
En Patear la escalera, el economista surcoreano Ha-Joon Chang revisa la historia de los países hoy desarrollados, Inglaterra, Estados Unidos, Alemania, Francia y naciones del sudeste asiático, y encuentra un patrón común: todos protegieron sus industrias nacientes, subsidiaron sectores clave y utilizaron al Estado como herramienta de desarrollo. Subieron por una escalera que luego retiraron.
Mientras tanto, en la Argentina vuelve a asomar una apertura rápida, sin estrategia productiva, en un contexto global muy distinto, con China consolidada como potencia industrial y con Estados Unidos defendiendo su producción cuando la competencia aprieta.
La apertura indiscriminada ofrece una promesa simple: precios más bajos. Y es cierto, en el corto plazo puede aliviar. Pero si el costo es la pérdida de empresas, de empleo argentino y de capacidades productivas, la ecuación cambia. Lo barato sale caro.
El dilema no es apertura o cierre. Es más exigente: una apertura inteligente. Integrarse al mundo con criterio, cuidando sectores estratégicos y defendiendo puestos de trabajo.
Claro que la protección no puede ser permanente. Aranceles y barreras pueden ser herramientas válidas, pero como puente, no como refugio: dar tiempo para invertir, mejorar la productividad y competir. Sin ese horizonte, la protección estanca. Sin ese resguardo inicial, la apertura arrasa.
La Argentina tiene una vocación histórica por la igualdad y la inclusión. Sin un rumbo productivo claro, esas aspiraciones se vuelven cada vez más difíciles de sostener.