Por Daniel Spadone

Ceuta: que los barrios cerrados tomen nota

Daniel Spadone tomó como punto de partida la situación en Ceuta para plantear una mirada crítica sobre la desigualdad, la migración y el deterioro de las condiciones de vida.
Daniel Spadone tomó como punto de partida la situación en Ceuta para plantear una mirada crítica sobre la desigualdad, la migración y el deterioro de las condiciones de vida.

Lejos, muy lejos, miles de migrantes escapan de África nadando, desafiando no solo al mar, sino a su propia existencia. Intentan ingresar a España con un único propósito: vivir.

No persiguen el llamado “sueño europeo”. Buscan algo mucho más elemental: acostarse una noche sin el estómago vacío.

Ceuta dejó al descubierto una realidad que Europa prefiere no mirar. Cada vez más hombres, mujeres y niños desafían el mar, las fronteras y hasta la muerte porque quedarse ya no representa una opción.

África es el continente más joven del planeta y el que más crecerá demográficamente durante las próximas décadas. Mientras Europa envejece, millones de africanos alcanzan la edad adulta sin encontrar oportunidades suficientes. La migración deja de ser un proyecto de vida para convertirse en una cuestión de supervivencia.

Un continente saqueado, exprimido y secado como un trapo rejilla por franceses, españoles, portugueses y, desde luego, los infaltables ingleses.

Hoy son ellos quienes sienten temor.

Las murallas ya no bastan. Tampoco los alambrados, estén electrificados o no. Cuando la desesperación aprieta, las fronteras dejan de ser un obstáculo para transformarse en un desafío.

Y que tomen nota los vernáculos amantes de una libertad que, de tanto convertirla en consigna, terminó siendo un escupitajo al cielo.

Desde los estudios de televisión repiten que “la gente no llega a fin de mes”. Lo hacen cómodos, calefaccionados y con la mesa servida, como quien comenta una encuesta y no una tragedia cotidiana.

Mientras tanto, el paisaje urbano cambió. Las calles rebalsan de esclavos 2.0. Desde un calzoncillo hasta una milanesa llegan sobre una moto en cuestión de minutos.

Ya ni siquiera intentan disimular. Sin eufemismos, aconsejan a actores con décadas de trayectoria que manejen un Uber para sobrevivir.

La economía de plataformas crece en todo el mundo. Al mismo tiempo, también se expande el debate sobre la precarización laboral, la ausencia de aportes previsionales y la falta de protección social para millones de trabajadores. Para algunos eso es libertad; para otros, apenas una versión moderna de la servidumbre.

Están convencidos de que la metamorfosis de la esclavitud sirve para maquillar las estadísticas del desempleo. Creen que la retórica alcanza para alimentar la mesa.

Tal vez tengan razón cuando afirman que hay que aguardar, que el vaso terminará por rebalsar. Los africanos desposeídos también esperaron… hasta que comprendieron que el mar ofrecía más esperanza que la tierra firme.

Pero, mientras tanto, ¿qué se le dice a quien no tiene qué comer? ¿Qué respuesta recibe el jubilado que ya agotó la paciencia? ¿Y el joven explotado que trabaja sin aportes, sin derechos y sin horizonte previsional?

Se refugiarán en barrios cerrados, en countries con cascadas o sin ellas.

Circularán en vehículos blindados. Quizá multipliquen los helipuertos.

También ensayarán nuevas prohibiciones. Promulgarán decretos. Intentarán administrar el descontento desde un escritorio.

Pero nada de eso será suficiente.

Porque cuando el sustento escasea, el ser humano aprende a bajar la cabeza. Sin embargo, existe un límite. Hasta el ternero termina embistiendo.

Con el estómago vacío no se razona. No hablo del pensamiento crítico ni de la creatividad. Hablo de esa necesidad primaria que nubla el juicio, enciende la bronca y, muchas veces, empuja a reaccionar.

Como dice el tango, primero hay que saber sufrir, después amar, después partir… y, por último, andar sin pensamiento.

Quizá, cuando los alambres ya no contengan a nadie, llegue la última jugada: un DNU anunciando que el hambre es apenas una sensación y que la felicidad queda oficialmente decretada para todos los argentinos.

Pero cuidado.

Puede ser el último decreto que alcancen a firmar.

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