En América Latina, las últimas elecciones presidenciales habían dejado derrotas para los oficialismos en Bolivia, Perú y Colombia, con un marcado avance de sectores aliados de Trump. Lula fue la excepción.
Por primera vez desde que Brasil instauró el sistema de doble vuelta, un candidato que había perdido la primera logró revertir el resultado en la segunda.
Lula no se resignó. Sumó más de diez millones de votos entre ambas instancias y ganó. Así demostró una extraordinaria vitalidad personal y política.
Enfrentó a sus adversarios políticos y se plantó ante el enorme poder de las grandes plataformas tecnológicas, capaces de condicionar, mediante algoritmos e inteligencia artificial, qué vemos, qué leemos y qué información circula.
No se trató de una discusión abstracta. Durante la campaña se conocieron restricciones que perjudicaron la difusión de contenidos en las redes de Meta. La Justicia Electoral debió intervenir para exigir igualdad de condiciones. La empresa reconoció “fallas técnicas”, aunque negó cualquier intencionalidad política.
Lula respondió desde las propias redes, apeló a la movilización popular y recuperó algo que ninguna tecnología puede suplir: su cercanía con la gente.
Y puso sobre la mesa una cuestión todavía más profunda: ¿qué límites deben tener estas corporaciones, capaces de influir sobre la vida democrática de países enteros sin someterse al voto ciudadano?
No es necesario compartir las ideas de Lula para reconocer la trascendencia de lo ocurrido.
Fue una hazaña electoral. No hubo magia ni épica vacía: hubo alta política.
El triunfo de Lula nos recuerda que la Política conserva fuerzas para enfrentar a los poderes que nadie vota.