El amor por la tecnología estaría superando los límites.
Convivimos con máquinas, conversamos con softwares (¡hola, Siri!), y mantenemos con los dispositivos una relación de amor y rechazo, similar a lo que ocurre con las personas que nos rodean.
En 2017 el mundo se sorprendió con el caso de Chris Sevier, un joven abogado estadounidense que demandó a las autoridades de Utah porque le impidieron casarse con su computadora portátil. Según informó la cadena Fox en la ocasión, el muchacho expresó un argumento muy particular: dijo que si las personas del mismo sexo pueden contraer matrimonio, él debería poder hacer lo mismo con su notebook.
Antes, en 2015, se celebró en Japón la primera boda entre robots.
La apuesta se redobló en 2018 cuando un ingeniero chino de por entonces 31 años, experto en intelogencia artificial, se casó con una mujer robótica que él mismo fabricó. En la ceremonia (sin valor legal, por cierto) participaron la madre del novio, amigos y compañeros universitarios. La autómata, llamada Yingying, fue creada en 2016 pero recién a los dos años comenzó la relación. Zheng, su esposo y creador, trabajó algunos años en Huawei y en 2014 renunció para crear su propia compañía.
“Dado que cada tecnología mejora alguna de nuestras facultades y trasciende nuestras limitaciones físicas, tendemos a adquirir las mejores extensiones de nuestro cuerpo”, dice Derrick de Kerckhove, autor de La piel de la cultura y la inteligencia conectada. El sociólogo no es el único que se adentró en los inexplorados terrenos del fetichismo tecnológico, definiéndolo como un “deseo de pertenencia y de fusión que despoja al individuo de su miedo a la soledad y de su angustia”.
El físico y matemático estadounidense Ricky Montalvo puso en el centro de la escena al tecnosexual, definiéndolo como un ser narcisista fascinado por la informática. El término surgió en los 70′s cuando los intelectuales de la época lo utilizaron para referir a la ya por entonces evidente atracción de algunas personas hacia las máquinas, los robots y los androides. La visión de Montalvo es una redefinición que no apunta a una orientación de orden sexual sino a un estilo de vida. De acuerdo al científico, la tecnosexualidad refiere a las preferencias de un “dandy narcisista enamorado no sólo de él, sino también de su vida urbana y de sus aparatos”.