Balá: mucho más que un "gestito de idea"

Se fue la leyenda, un gigante, inventor de frases célebres por lo simples, de un idioma propio que impuso a fuego en varias generaciones. Humor naif.

Partió el tipo generoso que visitaba a sus 90 años hospitales llevando algo tan simple como una sonrisa. Y lo hacía en silencio, no por marketing, no lo necesitaba, sino por amor. Por vocación.

Acumuló tantos chupetes en su chupetómetro como cariño en todo un pueblo.  

Indiscutido, sin grietas, querido.

Algunas generaciones ya no entenderán "un kilo y dos pancitos", pero a los que nos mandaban a la panadería a diario sabemos de esa "yapa", y lo asocio a "está todo bien". Hoy es un OK o un sticker.

Nos dejó una foto que muchos tenemos en sepia o blanco y negro con el flequillo a "lo Balá" que por pudor guardamos.

Nos demostró que la infancia tiene esa cosa mágica cuya imaginación es incalculable, así vimos a un perro invisible Angueto.

Onomatopeyas insólitas en su propio vocabulario "zazaza" o el himno de su obra: “ea ea ea pe pe”.

Mientras escribo esto en un bar de Barracas pasa el 39, en que dio lugar al personaje desde los estribos de unidades.  La empresa que con un hermoso gesto, más que un gestito de idea, de reconocimiento, ploteó los bondis con su cara.

Más que un humorista, que el circo, fuiste nuestra infancia sin tantos rollos ni pruritos. No pensábamos en las estigmatizaciones del lenguaje, nos diste el propio, el que inventaste. Lo incorporamos, repetimos y nos marcaste por siempre, como las cosas populares y simples quedan en la memoria eterna del pueblo.

Qué ganas de volver a escuchar "y aquí llego Balá, Balá, Balá, el show va a comenzar", en vez de sentir el vacío de cuando cae el telón. Ayer se fue Balá, Balá, Balá...

Si hasta nos cambiaste la forma de golpear la puerta cuando no hay timbre... tatatata... ta tá...

Todos sabemos qué gusto tiene la sal, pero desde ayer a lo salado, se le suma un sabor amargo: el de la despedida del más grande.

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